Biografía

No eran buenos tiempos para mis padres. Vivían en Bello, Colombia, y estaban a punto de separarse.  Lo harían cuando yo tenía cuarenta y cinco días de nacido. Mis seis hermanos mayores fueron repartidos en casas de familiares que los criaron llevados por la esperanza de que donde comen dos pueden comer hasta cuatro o más. Mi madre, sin recursos económicos, fue recibida en casa de mis abuelos con sus dos hijos pequeños. Llegamos a Yarumal, un pueblo montañoso y frio del norte de Antioquia. La casa era grande con un patio y un solar que eran ideales para jugar a las escondidas con los primos.

Mi abuelo Luis tenía una carnicería. De él aprendí el amor por el trabajo. Después de la escuela, le ayudaba con la limpieza y le hacía mandados. En la tarde hacía las tareas y leía. No hubo otra cosa en la niñez, ni en todos los días de mi vida, que me haya gustado más que leer: una vez llegué a casa con una edición enorme de los miserables, de Víctor Hugo, y tuve que devolverlo a la biblioteca porque mi abuela consideró que no era una lectura para niños. Después lo leí a escondidas. Gracias a los libros llené mis soledades. Era muy introvertido y prefería los libros a los juegos.

De Yarumal, el pueblo donde crecí, tengo muy bellos recuerdos: la iglesia de las mercedes donde fui monaguillo; la profesora Edilma que me enseñó las primeras letras; la finca de mi abuelo donde pasaba vacaciones, cubierta de neblina y donde se decía, para mi horror, que un esclavo pasaba a media noche arrastrando unas cadenas. Muchas historias fantásticas escuché mientras descansaba bajo los balcones, después de huir de un perro lanudo que no me quería. Me hice amigo de Rosa, la hermana del sacerdote Benedicto Soto: ella me contaba un cuento cada vez que pasaba por su puerta y me regalaba un dulce.

Al terminar la secundaria, después de los avatares de la adolescencia, tenía claro lo que quería hacer con mi vida: iba a convertirme en periodista. Desde pequeño soñé con ser escritor pero sabía que aún no había llegado el momento.  Les dije adiós a mi primera novia y a mi familia, y me fui para Bogotá. Trabajé en una cafetería del centro para poder costearme los estudios. Después fui mensajero de un periodista que tenía un perro san Bernardo, el cual sacaba a pasear antes de salir para la universidad. Iba a concluir mis estudios cuando conseguí mi primer gran trabajo: como redactor de información internacional en un noticiero de televisión que se llamaba Cinevisión. Me fue muy bien y al poco tiempo me convertí en editor general. Aproveché para viajar por todo el país y por algunas naciones de América haciendo reportería.

Mi primera etapa en Bogotá estaba a punto de concluir: me dio mucha tristeza dejar a mi grupo de amigos con los cuales organizaba tertulias los fines de semana, pero me ofrecieron un buen puesto en Cali, ciudad del suroccidente colombiano, donde no conocía a nadie pero donde tenía la oportunidad de iniciar un proyecto nuevo. Me dieron el cargo de redactor general de un noticiero de televisión y a los tres años llegué a ser director.

Irme a vivir a Cali fue lo mejor que pude hacer en mi vida: me nutrí de muchas historias e hice que el  jazz fuera parte de mi vida. Con el tiempo conocí a Carolina, mi esposa. Gracias a ella y a mi hija Juana, fue que descubrí que había llegado el momento de empezar a escribir. Empecé haciendo cuentos para niños y me sentí muy feliz. Después trabajé en una novela para jóvenes y quedé tan satisfecho que no he parado desde entonces. Hasta el momento he publicado nueve libros y hay varios en camino como El fotógrafo de Cristales y La casa de los espejos humeantes. Sólo espero poder darles gusto a mis lectores y a todos los personajes que se agolpan en mi imaginación y que están esperando que les escriba sus historias.

El 24 de Julio de 2010, nació Jacobo, mi segundo hijo. A él le dediqué El cetro del niño rey, un libro que fue finalista del premio de Literatura Infantil Barco de Vapor. En este premio he tenido la fortuna de que otras tres obras mias hayan sido nominadas en diferentes versiones del concurso: Rosa la mula caprichosa, El manuscrito de Fermat y El misterio de la pandereta rosa. Otra de las grandes satisfacciones que he tenido es que mi libro El clan de la calle Veracruz hubiera sido escogido por la Secretaría de Educación Pública de México (SEP) para ser distribuido en colegios y bibliotecas públicas de ese país.

Pero sin duda la mayor satisfacción es poder contar con el apoyo de mis lectores. Recibo muchos mensajes a través de las redes sociales y de ésta mi página web. Mis más recientes libros, El muchacho de la boina blanca y Pegote, me han llevado por todos los rincones de Colombia lo cual me ha permitido entrar en contacto directo con mis lectores. Eso me ha dejado muchas alegrías y experiencias maravillosas.